Derecho a vestirse: un camino hacia la inclusividad real en la moda argentina
La diseñadora enfatiza que la solución no reside en simplemente ampliar la cantidad de talles, sino en adaptar las proporciones de cada uno según las necesidades específicas

La ley de talles 27.521, vigente desde 2019 en Argentina, busca garantizar la moldería y la escala de talles de la indumentaria para cubrir las necesidades de vestuario de la población. Lejos de ser un tema superficial, esta legislación aborda el derecho fundamental a la vestimenta, confrontando distorsiones que generan profundas frustraciones. Paula Rampelini, diseñadora y creadora de la marca Filositas, analiza esta problemática desde su experiencia en el sector, destacando la brecha persistente entre la oferta comercial y los cuerpos reales.
Paula Rampelini inició su marca hace 18 años con una perspectiva limitada, ofreciendo apenas dos talles. Con el tiempo, la interacción directa con sus clientas le reveló una necesidad urgente de cambio. «Me di cuenta de que tenía que empezar a crear una propia curva de talles: lo que había estudiado en la facultad sentía que no me alcanzaba», explica. Este proceso de escucha y aprendizaje la llevó a desarrollar una propuesta más inclusiva y ajustada a la diversidad corporal.
La diseñadora enfatiza que la solución no reside en simplemente ampliar la cantidad de talles, sino en adaptar las proporciones de cada uno según las necesidades específicas. «No todos los talles necesitan lo mismo, unas necesitan más de un lado más del otro», señala. Para ello, incorpora textiles con elasticidad que permiten adaptar una misma prenda a distintos cuerpos, desafiando la idea de un estándar rígido y reconociendo que «los cuerpos son muy diversos».
A pesar de la ley, Rampelini observa que falta compromiso por parte de la mayoría de las marcas. «Es un trabajo que las marcas deberían hacer, un compromiso más que un trabajo, que no se hace y no creo que a nivel general se cumpla con las necesidades de las argentinas», afirma. Esta falta de acción deriva en una experiencia de compra frustrante para muchas personas, que internalizan la culpa por no encajar en las prendas, en lugar de cuestionar la validez de las tallas ofrecidas.
Uno de los obstáculos para la implementación generalizada es económico. Desarrollar una curva de talles extensa implica mayores costos, no solo por la cantidad de material adicional requerido en talles más grandes, sino también por la complejidad logística. «No es lo mismo cortar en tres o cuatro talles que en siete o nueve o diez talles», reconoce Rampelini. Sin embargo, destaca que, a largo plazo, esta inversión se traduce en llegar a un público más amplio y diverso.
Frente al auge de las compras online internacionales, la diseñadora advierte sobre los riesgos de adquirir prendas sin garantías de cambio. «Comprar online no es lo mismo que presencial y si tenés que comprar algo y lo querés cambiar debe ser casi imposible», comenta. Aboga por valorar la oferta local, no solo por la practicidad, sino por el apoyo a la industria nacional, donde las marcas de diseño independiente suelen mostrar un mayor compromiso con la inclusividad.
Al ser consultada sobre la diferencia en la oferta entre indumentaria femenina y masculina, Rampelini, aunque se especializa en lo femenino, opina que el problema central es similar: la falta de variedad. «Falta variedad, es un trabajo que hay que hacer y que no todas las marcas tienen», sostiene. Concluye que la clave está en seguir hablando del tema para generar conciencia y que las personas elijan marcas que realmente se comprometan con la diversidad de cuerpos, apoyando así un cambio real en la industria.




