El monte que fue refugio: la historia de Irmina y Remo, militantes de las Ligas Agrarias en los ‘70
En el marco del Día Internacional de la Lucha Campesina, Irmina Kleiner y Remo Vénica, dos históricos militantes de las Ligas Agrarias, pasaron por Capilla del Monte y presentaron el libro “Monte Madre”, donde comparten su experiencia de lucha y resistencia dentro del monte chaqueño durante la última dictadura.
Son las seis de la tarde y “la Casa Compañera”, de Capilla del Monte, se va llenando de a poco. Saludos y abrazos. Sobre la mesa frutas, quesos, pan casero, tortas y mate. Irmina Kleiner y Remo Vénica están ahí, rodeados, mientras reconstruyen una historia que excede lo personal. La presentación del libro ‘Monte Madre’, escrito por Jorge Micelli, funciona como disparador. Lo que se despliega es una memoria situada: la de las Ligas Agrarias, su crecimiento en el nordeste argentino y la violencia estatal que buscó desarticularlas durante los años previos y posteriores al golpe de 1976. La resistencia y la lucha que los lleva hasta el presente son un puente generacional que emociona y florece en medio de tantas dolencias.
“Esto es una excusa, -comienza Irmina mientras muestra el libro ‘Monte Madre’: “para comunicarnos y para dialogar” -insiste. “Nosotros pasamos, tiramos algunas cosas y nos vamos. Pero esto queda”.
Las trayectorias de Irmina y Remo se inscriben en un proceso más amplio que tuvo su origen en los años sesenta, en el marco del Movimiento Rural de Acción Católica. Ese espacio, influido por las transformaciones impulsadas por el Concilio Vaticano II; y el encuentro que convocó a Obispos de América Latina en Medellín en la II Conferencia General del Episcopado en 1968, promovió la organización de jóvenes rurales e impulsó la «opción preferencial por los pobres», llevó a muchos religiosos/as y laicos/as a trabajar directamente con campesinos y sectores marginados. En ese contexto, el movimiento de curas tercermundistas, fomentó un mayor compromiso con la justicia social, la pobreza y los derechos humanos, especialmente a través de la Doctrina Social de la Iglesia.

En colonias y parajes, esos grupos comenzaron a problematizar las condiciones de vida en el campo: la concentración de la tierra, la dependencia de intermediarios en la comercialización, la falta de crédito, el deterioro de las economías regionales.
Irmina tenía 16 años cuando empezó con un curso de capacitación del Movimiento Rural de Acción Católica: “la iglesia en ese momento estaba muy preocupada por la marginación, el abandono que tenía el sector rural. Nos reuníamos trabajando con el método ver, juzgar, actuar, para analizar la realidad de los jóvenes, del trabajo de la familia, (…) y después actuar: qué vamos a hacer frente a esto y organizábamos desde partidos de fútbol hasta fogones, encuentros, caminatas y bicicleteadas”.
Con el tiempo, ese trabajo derivó en la conformación de organizaciones campesinas más amplias como las Ligas Agrarias, que adquirieron particular fuerza en provincias como Chaco, Formosa, Misiones, Santiago del Estero, el norte de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y llegaron hasta la provincia de Buenos Aires.
En 1971, el cabildo abierto realizado en el Chaco bajo la consigna “Grita lo que sientes” sintetizó ese proceso. Miles de campesinos y campesinas participaron de una experiencia que puso en agenda reclamos estructurales. “Ese grita lo que sientes expresaba la necesidad de gritar muchas cosas que los campesinos llevaban con mucho dolor adentro y las pusieron en común: grita por las injusticias de la comercialización; por la falta de crédito; por las cosechas perdidas; por el dolor de que los hijos se van a las ciudades; por falta de esperanza en el campo”, explica Irmina. La consigna se expandió a otras provincias, acompañando la consolidación de una red organizativa que articulaba comunidades rurales, delegados y comisiones centrales.
“El movimiento tenía mucha potencia”, señala Remo Vénica. Esa capacidad de movilización, sumada al contexto político de creciente conflictividad social, convertiría a este proceso de organización en un objetivo de vigilancia, persecución y represión.
El acompañamiento de sectores de la Iglesia, sacerdotes vinculados al Movimiento de Curas del Tercer Mundo y religiosos europeos que trabajaban en el país, reforzó la dimensión política de estas experiencias. La opción por los pobres y la promoción de la organización popular se tradujeron, en muchos casos, en un compromiso activo con las demandas campesinas.
A partir de mediados de la década de 1970, el escenario comenzó a modificarse. Antes del golpe de Estado de 1976, ya se registraban prácticas de persecución, inteligencia y represión sobre dirigentes y militantes rurales. “Nosotros estábamos muy comprometidos con las Ligas Agrarias en los cursos de capacitación y después con Remo comenzamos a trabajar con los obreros rurales y hacheros, porque era el sector más marginado”, dice Irmina y recuerda su participación activa en la conformación de cooperativas rurales y la recuperación de 800 hectáreas que eran fiscales, donde habían 25 familias viviendo”.

La clandestinidad en el monte
Corre el año 1975, Irmina Kleiner tiene 22 años, Remo Vénica 32. Un episodio marcará un punto de inflexión en sus vidas. En un control policial en Roque Sáenz Peña, Chaco, un compañero lleva volantes de las Ligas Agrarias y es detenido utilizando un vehículo vinculado a ellos. La advertencia llega esa misma noche: su casa estaba vigilada, al no poder regresar, comienzan un período de sobrevivencia en la clandestinidad. Inicialmente, se refugian en viviendas de familias campesinas. Pero la intensificación de la represión vuelve insostenible esa estrategia y finalmente toman la decisión es trasladarse al monte chaqueño.
Allí, Irmina y Remo, junto a otros militantes, desarrollan un sistema de supervivencia basado en el conocimiento del territorio y en mecanismos de comunicación que resultaron muy efectivos: señales en caminos, contraseñas sonoras, puntos de encuentro, depósitos de alimentos enterrados y “buzones”-botellas ocultas- para intercambiar mensajes.
“Nos perseguía la policía provincial, gendarmería, grupos para policiales y nos allanaron la casa sin que estemos nosotros y nos robaron todo”, asegura Remo. “Cuando fue el golpe detuvieron a muchos campesinos, los paseaban heridos y los mataban a patadas en las comisarías. Los llevaban torturados a las casas de los campesinos mostrándolos, como diciendo, si no cantan, esto es lo que les va a pasar”.
En el monte, Irmina recuerda como una radio de onda corta se convierte en su principal fuente de información. A través de emisoras internacionales reconstruyen fragmentos de la situación del país: desapariciones, ejecuciones, operativos represivos. “Ahí nos enteramos de que aparecían los cuerpos flotando en el río de La Plata. Al principio pensábamos que era una dictadura más, que duraba un tiempito y volvía como una breve democracia. Tardó un buen tiempo hasta que nos dimos cuenta que esto era otra cosa”, dice Irmina dando cuenta a su vez, del ejercicio democrático interrumpido por golpes militares en la Argentina, durante todo el siglo XX.
En ese contexto, la vida cotidiana en el monte se organiza en función de la supervivencia: desplazamientos constantes, cuidado del estado físico, búsqueda de alimentos, vigilancia permanente. En medio de esa situación, Irmina queda embarazada. El nacimiento de su primera hija ocurre en el monte. Para evitar dejar rastros, cavan una fosa en el terreno de 3 metros por 3 metros de largo y 2 metros y medio de ancho. “Para nosotros fue una cosa tan emocionante”, dice Remo. “Era un día de invierno, pero radiante, de sol, una belleza -agrega Irmina-. Y ahí empezó el tema de, ¿qué hacemos con la nena?”. Finalmente la opción es dejarla al cuidado de una familia campesina. “Fue una decisión para preservar su vida”, explica Irmina.
La represión alcanza poco después al grupo. En un operativo, Irmina resulta herida por un disparo que atraviesa su cuerpo. Logra escapar. Cae, se desmaya, vuelve a levantarse. Corre. Se esconde. Se mete en un sorgal bajo, se queda quieta esperando la noche. Sabe que si sigue corriendo puede desangrarse. Espera. Después avanza y vuelve al monte. Durante varios días permanece oculta, con una herida infectada, sobreviviendo con recursos mínimos.
Remo escucha los disparos a la distancia. Silba la contraseña -el sonido de una perdiz. No hay respuesta. Durante días, cada uno resiste por su lado. Él huye, con la certeza de que Irmina está muerta. Llega a la casa de unos campesinos amigos, los abraza, llora. “La mataron”, dice. A la mañana siguiente, al despertar, repite en voz baja: “Irmina Kleiner, presente, hasta la victoria siempre”, así lo sostuvo durante 23 días.
Ella, mientras tanto, sobrevive. Es noviembre de 1977, el calor y la humedad rodean su cuerpo y la herida se infecta. Consigue ayuda de un campesino que tiene un remedio para animales, curabichera. Se limpia, se cura, junta fuerzas. Come lo que puede. “El día pasaba por no pensar. Ni en el pasado, ni en el futuro, había que esperar nomás. No hacer ruido, no andar moviéndote mucho, estar quietita en un lugar, prepararse algo para comer si tenías y si no, tratar de encontrar alguna frutita”, dice Irmina.
Hasta que decide ir a uno de los “buzones”: las botellas enterradas donde dejaban mensajes. Sabe que es difícil que Remo vaya, pero igual deja una nota. Después se instala cerca, resguardada por un tronco, haciendo un fogón mínimo. Espera.
Remo llega al buzón y desentierra la botella, cuando lee el papel, no se imagina el contenido del mensaje: “Estoy a 40 metros del árbol meleado. Irmina”.
Una madrugada, Irmina escucha su silbido. Se incorpora y reconoce la señal, pero no se apura. Toma sus cosas, se mueve, responde con la contraseña. El intercambio se repite varias veces, con cuidado, hasta que se encuentran en un claro del monte, “¿se imaginan ustedes un encuentro después de 23 días?”, interviene Remo con la emoción sostenida en la garganta, como si el corazón todavía estuviera tan acelerado como hace 50 años.
A partir de ese momento, la situación se vuelve insostenible en la región. La intensificación de los operativos y la detención de campesinos que los habían asistido los obliga a abandonar el Chaco. Se trasladan al norte de Santa Fe, “fueron 27 días de caminata, 15 ó 20 kilómetros por día, no menos cerca de 300 kilómetros todo ese cruce, generalmente caminando de noche. Nuestro maná de la caminata era la miel encontrábamos”, recuerda Irmina quien en ese momento estaba embarazada de su segundo hijo.
En Santa Fe se integran a un grupo de familias campesinas que también se encuentran en situación de clandestinidad. “En el norte de Santa Fe adentro de los cañaverales de las plantaciones de caña de azúcar había tres matrimonios escondidos de las Ligas Agrarias y con sus hijos”, cuentan y allí en medio de los cañaverales, nace su segundo hijo.
Estuvieron un año en Santa Fé y en total cuatro escondidos en el monte, hasta que en 1979, logran articular una salida del país mediante un paso fronterizo brasilero. El exilio los lleva a España, con apoyo de organismos internacionales. En ese período, toman contacto con experiencias de producción de agricultura familiar en Europa, particularmente en Italia y Francia.
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El retorno a la Argentina se produce el 31 de diciembre de 1983, en el contexto de la apertura democrática. “Llegamos al pueblo de Remo y ahí nos encontramos con nuestra hija, tenía 6 años”.
Desde 1987 Irmina Kleiner y Remo Vénica se dedican a desarrollar un proyecto productivo agreoecológico. Junto a otras familias campesinas, en Guadalupe norte, Santa Fé, impulsan la Granja Naturaleza Viva, una experiencia que combina producción diversificada, la recuperación de suelos degradados y la organización comunitaria.
Tuvieron 6 hijos, 18 nietos y nietas y un bisnieto en camino. Hoy continúan trabajando la tierra de manera familiar, sin agroquímicos y junto a una red de 16 familias campesinas de la zona. Con una enorme biodiversidad, variedad de cultivos y animales, producción de dulces, quesos y tinturas madres. En un predio de 700 hectáreas, parte de esas tierras han dejado los pools de siembra con los suelos empobrecidos y muchas veces se alquilan a cambio de producción, porque requieren entre 7 ó 10 años para volver a ser fértiles.
“¿Cómo resistimos nosotros sin deprimirnos, sin angustiarnos?”, se pregunta Irmina y lo hace extensivo a todo el grupo que los rodea. La pregunta queda flotando en el aire, “era eso -continúa-, no estar haciéndonos mucho la cabeza de pensar en lo que pasó. Era transitar, esperar”.
Durante dos horas, un mundo se volvió cerca, el tiempo salió de la casa, creció debajo de la piel y nos llevó lejos a la vez. Lo que fue, ya no será, avanzamos en aquello que nace: “No nos han vencido -refuerza Irmina- el camino lo construimos entre todo”, y el cierre del encuentro se hace un abrazo de gratitud y esperanza.



