Donde crecen las historias: un semillero de memoria y encuentro que florece en escena
El afecto con que se recibe a estas pibas en escena es recíproco al valor que ellas le otorgan a la escena.

El taller LuzVioleta cerró su año con un gesto potente y poco habitual: el estreno de dos obras de teatro completas en la Casa de Cultura de San Marcos Sierras. Las obras se suman a un tercer montaje presentado anteriormente, confirmando que este espacio de formación es, ante todo, un fértil semillero escénico donde el proceso culmina en obra, con todo lo que implica en cuanto a compromiso, riesgo y entrega.
La primera en llegar fue la tan esperada “Las Gutiérrez: el final”. Tras la repercusión de la primera parte, el reencuentro con Alicia, Marta, Giuliana, Zoe, Laura y Juana era en sí mismo un acontecimiento. La promesa de resolver el misterio de la muerte de Doña Valentina muta, inteligentemente, en un viaje a las profundidades de estas mujeres. Lo que nació como un policial de humor negro se transforma en un thriller psicológico que desnuda, a lo largo de tres escenas colectivas, las soledades mal llevadas, los abandonos generacionales y las grietas en la salud mental detrás de la fachada de una familia poderosa. La obra no abandona su tono mordaz, pero afortunadamente tiende un puente hacia historias más oscuras y recientes, conectando duelos privados con nuestro duelo colectivo. Al final, son la memoria y el abrazo las palabras que quedan resonando.
Al día siguiente, llegó el turno del estreno y el debut: “Amigas por el Viento”, basada en el cuento de Liliana Bodoc. La adaptación destaca por una escenografía poética y eficaz, donde elementos como las ventanas –tan cruciales en la narración original– ordenan visualmente la historia y expanden imaginariamente los límites del escenario. Pero el mayor hallazgo está en el despliegue actoral: la obra desarrolla al máximo una actuación “tripersonal”, un delicioso ser de tres (Lila Fajin, Rita Nadal, Uma Levene) que dialoga, principalmente, con la tensión dramática filosa que encarna Uma Canzani Ponce como protagonista. La solidez y el humor de las actuaciones invitadas de Tamara Mangiarotti y El Colo terminan de potenciar el trabajo del elenco adolescente, permitiéndoles brillar.
Detrás de ambas propuestas está el sello del equipo técnico y creativo del taller. La dirección compartida de Violeta Victoria Zorrilla y Luz Bravo, el diseño de luces de Clem Pasteur, el sonido a cargo de Luz Bravo, y el trabajo integral de vestuario, escenografía y producción bajo el nombre LuzVioletaTeatro, conforman un soporte profesional que habilita y realza el trabajo actoral. El diseño gráfico y la fotografía, en manos de Lucero Bonino, Violeta Zorrilla y la misma Uma Canzani Ponce, completan una estética cuidada que comienza en el afiche.
Las profesoras explicaron que “Las Gutiérrez II” nació de la necesidad de las actrices de cerrar esa historia, buscando una mayor hondura en personajes que ya habitaban. En cambio, “Amigas por el Viento” adaptó el cuento de Bodoc a la realidad del elenco, explorando los vínculos en familias ensambladas y el dolor compartido ante una pérdida, a través de la intimidad de dos hogares que se preparan para un encuentro.
Volver a presenciar teatro hecho por y con adolescentes, con la complicidad de un público local que las conoce y las alienta, reivindica la presencialidad como un espacio de construcción comunitaria. No se trata de una “muestra” escolar, sino de una temporada con entradas a la gorra, en un centro cultural, donde se juegan códigos profesionales y apuestas artísticas concretas.
El afecto con que se recibe a estas pibas en escena es recíproco al valor que ellas le otorgan a la escena. Son valiosas no solo por su talento incipiente, sino por la seriedad con que abordan temas complejos: la herencia de los duelos, la fragilidad mental, la necesidad del vínculo verdadero. Su trabajo no mira hacia adentro del taller, sino que se abre al mundo con preguntas profundas y una estética definida.
El taller LuzVioleta demuestra, con estos dos estrenos, que el teatro adolescente puede ser un territorio de máxima exigencia artística y humana. Un semillero donde, lejos de los estereotipos, se cultivan la memoria, la reflexión y el abrazo, necesarios para comprender el presente. Los aplausos finales son para ellas, las actrices, y para ese equipo docente que confía en el poder transformador de poner un cuerpo en escena y contar una historia, hasta las últimas consecuencias.




