Escuchá la radio
CulturaDestacados

La caña de azúcar y la génesis de la resistencia afro-indígena

El mismo cultivo que endulzó las mesas de Europa y enriqueció a los colonos, fue motor de una de las mayores tragedias humanas de la historia. Y al mismo tiempo, entre cañaverales, tambores y saberes indígenas, sembró también la semilla de la libertad.

En Salvador de Bahía, el aire huele a caña recién exprimida. En los mercados, los puestos ofrecen vasos helados de caldo de cana a quienes buscan un respiro del calor. Pero ese tallo verde, dulce y refrescante, guarda una historia amarga: fue la razón por la que millones de africanos fueron arrancados de sus tierras y traídos por la fuerza al Brasil colonial.

Por Sofía Zorzini para CDM Noticias

La caña de azúcar, originaria de Nueva Guinea, viajó por siglos hasta que los portugueses la convirtieron en el oro verde de sus colonias. Su adaptabilidad a los climas tropicales, su enorme rendimiento energético y la demanda creciente en Europa la transformaron en el eje de un sistema económico que sostenía imperios. Detrás de su expansión, se ocultaba la maquinaria más cruel: la trata de esclavos.

Desde el puerto de Angola, hombres, mujeres y niños eran secuestrados en sus aldeas, encadenados y embarcados en navíos abarrotados rumbo al Atlántico. El llamado “pasaje medio” era un viaje de muerte: hambre, enfermedades y cuerpos lanzados al mar. Quienes sobrevivían llegaban a puertos como Salvador, donde en 1588 se abrió el primer mercado de esclavos de América. Allí eran subastados como piezas para cortar caña, trabajar en ingenios y minas, o servir en haciendas.

La riqueza del azúcar construyó iglesias barrocas, palacios coloniales y fortunas comerciales, mientras la población africana cargaba con jornadas interminables de trabajo y violencia. Pero la historia no se reduce al sometimiento. Entre los cañaverales y los latigazos, nació la resistencia.

Muchos esclavizados escapaban de las plantaciones y se internaban en selvas y montañas, donde levantaban comunidades libres: los quilombos*. Estos asentamientos no solo ofrecían refugio, también eran espacios de organización política, espiritual y cultural. Allí, los africanos que huían de los ingenios encontraron a menudo a pueblos originarios que resistían la colonización portuguesa. De ese encuentro surgió una alianza decisiva: los indígenas aportaban su conocimiento de la tierra y las rutas de escape; los africanos, sus saberes agrícolas, su música y su espiritualidad. Juntos, crearon comunidades mestizas que mezclaban cantos, rituales, lenguas y alimentos.

El más emblemático, el Quilombo de Palmares, llegó a reunir a decenas de miles de personas y se convirtió en símbolo de resistencia contra el régimen colonial. Su líder, Zumbi dos Palmares, es recordado como héroe en Brasil y ejemplo de esa fuerza colectiva nacida de la unión entre pueblos oprimidos.

Solar do Unão (Brasil).
En el siglo XVII fue un ingenio azucarero con un periodo de auge en el siglo XVIII. Hoy es el Museo de Artes Modernas.
En la actualidad Brasil es el mayor productor de azúcar del mundo, siendo la caña de azúcar el principal cultivo y una de las exportaciones más importantes del país.

Hoy, caminar por Salvador es leer esa historia en cada esquina. En el Pelourinho, donde se hacían subastas públicas, los tambores retumban como afirmación de identidad. En la gastronomía marcada por el aceite de dendê y en el candomblé que honra a los orixás, se percibe la herencia africana que sobrevivió a pesar del intento de aniquilación. Y en la memoria de los quilombos late la mixtura con los pueblos indígenas, recordando que la resistencia se construyó en común.

Un vaso de jugo de caña en el mercado refresca al viajero, pero también lo confronta con la paradoja: el mismo cultivo que endulzó las mesas de Europa y enriqueció a los colonos, fue motor de una de las mayores tragedias humanas de la historia. Y al mismo tiempo, entre cañaverales, tambores y saberes indígenas, sembró también la semilla de la libertad.

*QUILOMBO
En Argentina se suele decir quilombo como caos o lío, pero lejos ser un «desastre», un quilolombo es símbolo de organización, dignidad, libertad, espacio de resistencia y cultura frente a la opresión. Recuperar ese sentido es un acto de memoria y de respeto hacia quienes resisten y resistieron, dejando una huella profunda en la identidad de Brasil y de toda América Latina.


Notas relacionadas

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba