La sobreexposición a pantallas amenaza el desarrollo infantil

Karina Lucero, referente del Centro de Protección Familiar (CeProFa) de La Falda, impulsa una campaña para reflexionar sobre el uso de celulares en la primera infancia. La iniciativa surge de observar una creciente dificultad en los niños para simbolizar, comunicarse y establecer vínculos, problemas que se vinculan directamente con la exposición temprana y constante a las pantallas. Lucero describe una escena cotidiana que ilustra el fenómeno: «si te sentás en una plaza o por ejemplo te vas y te sentás en el hospital, lo vas a ver todo el tiempo, mamás que o están ocupadas, digo mamás, papás, cuidadores, quien sea, ocupados en la pantalla tratando de contestar con niños que están buscando miradas, palabras, atención».
La profesional enfatiza que con frecuencia el teléfono se ofrece para calmar al niño, reemplazando lo que realmente necesita. «Lo que los niños están necesitando es la presencia humana, que es lo que nos hace justamente la capacidad de poder intercambiarnos, relacionarnos, vincularnos, generar ese primer apego que nosotros decimos el apego seguro». Subraya que los primeros mil días de vida son fundamentales, ya que el niño es «como una esponja, todo lo toma». En este período, las interacciones humanas directas son insustituibles. «Los niños aprenden mirando, cuando empiezan a dibujar o empiezan a escribir lo hacen justamente porque están viendo un adulto que lo hace, hoy en día eso ya no se ve».
Esta falta de interacción genuina tiene consecuencias a largo plazo. Lucero advierte que «realmente está generando una generación de niñeces que después van a ser adultos en donde no tienen esa capacidad de poder, por ejemplo, de generar la empatía, de poder reflexionar». El problema se agrava por el efecto adictivo de la tecnología, incluso más potente en cerebros en desarrollo. «Nosotros como adultos, que tenemos el cerebro ya organizado, nos traslada una tremenda adicción, imaginate en niños que están en vía de organización cerebral, el efecto es mucho más potente de lo que es para un adulto».
Lucero rechaza que la responsabilidad recaiga únicamente sobre las madres y aboga por una corresponsabilidad social. «Nosotros como sociedad somos corresponsables de los cuidados de los niños, de las niñas y de los adolescentes. Entonces, lo que tenemos que ver es de qué forma como sociedad vamos justamente generando políticas públicas para poder cuidar a estas infancias». Relata una anécdota reveladora sobre una madre absorta en su teléfono mientras su hija intentaba mostrarle libros de cuento, destacando cómo se pierden experiencias mínimas pero cruciales para el vínculo.
Los riesgos trascienden el desarrollo inicial y se extienden a la niñez y adolescencia. Lucero comparte una experiencia alarmante desde su trabajo en escuelas. «Estuvimos haciendo acompañamientos en una escuela primaria donde los niños están replicando situaciones de autolesión, porque han visto un video en TikTok, niños de 8 y 9 años». Señala la vulnerabilidad de los menores frente a contenidos que no pueden procesar y menciona que países como Suiza y España han decidido retirar la tecnología de las aulas al comprobar su impacto negativo en el desarrollo.
Finalmente, Lucero contextualiza el problema dentro del sistema capitalista, señalando que «las personas solamente servimos para consumir, y esto no es diferente. El nivel de consumo que hay en las infancias es muy grande». Hace un llamado colectivo a la acción, insistiendo en que «este sistema tecnológico está hecho para alinearnos de alguna forma, y nosotros de alguna forma tenemos que ver qué forma le vamos a poner un freno a esta situación», reafirmando la urgencia de repensar el lugar de la tecnología en la vida de los niños.
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