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Detrás de Cecilia: seis años de un duelo inacabado

“Cuando estuvimos desesperados, alguien contó la historia. No se la puede escuchar serenamente, tiemblan las manos, el corazón se encoge de dolor”. Del otro lado, Paco Urondo.

¿Cómo mirar una tumba y sentir que así tampoco se encuentra la certeza de comenzar un duelo? ¿Saben cómo es ese paisaje? Son lomadas que completan un campo de 48 hectáreas con 29 mil tumbas y un cielo gris, plomizo -en apariencia inofensivo- que puede tocar la tierra y hacerla una alfombra húmeda de dolor.

El cementerio de San Vicente, al este de la ciudad de Córdoba, es el más grande de la provincia. En el centro del predio, donde se separa lo nuevo de lo viejo -las cruces del siglo pasado de las flores jóvenes del otro lado-, hay un montículo de tierra. Parece haber sido removido el día anterior. De cada lado emergen tumbas de otra época, pero en el medio, justo en el medio, descansan los restos de tres personas que fueron depositados ahí en el año 2021, entre ellas, los de Cecilia Gisela Basaldúa, cuyo femicidio ocurrió en 2020, en Capilla del Monte. Es 25 de abril. Seis años exactos de haberla encontrado sin vida.

Con un papel en la mano, el trabajador del cementerio nos habla, lo sostiene como explicando una burocracia de la que no tiene nada que ver. Daniel Basaldúa y Susana Reyes, el padre y la madre de Cecilia, no lo pueden creer. ¿De qué más se pueden enterar? Ahora, les dicen que su hija fue trasladada de la morgue judicial de Córdoba junto con los restos de otras dos personas. Ahí, debajo de la tierra, subyacen tres cajones que nunca fueron identificados en la superficie.

El tiempo transcurre, se convierte en algo que asfixia, un punto límite entre la muerte y la vida. Todos estos años buscando justicia, buscando verdad, se desploman por un momento, se hacen oscuros como la mañana que insiste en volverse gris, gris de ausencia. Toda esa tierra que sube y baja cubre tantos restos sin identificar. “Como ésta, hay miles de tumbas”, nos dice el trabajador. Y se vuelve aún más confuso. ¿Por qué depositar los cuerpos como si fueran NN, cuando existía documentación que acreditaba sus identidades -aunque con fechas de defunción erróneas- y que, aun así, habría permitido localizar a sus familiares al menos cuatro años antes?

Hace tan solo unos minutos, Daniel y Susana han pasado por el memorial de los desaparecidos. En ese mismo cementerio, en el año 1984 se encontró una de las fosas comunes de mayor magnitud relacionada con delitos de lesa humanidad de la última dictadura en Argentina. Según explican desde el Equipo de Antropología Forense (EAAF), los primeros en aportar datos relevantes para el hallazgo fueron empleados de la morgue judicial y personal del cementerio, quienes brindaron testimonio ante la CONADEP en 1984. Los primeros trabajos del EAAF se realizaron entre diciembre de 2002 y fines de 2003, dentro de la causa “Averiguación de enterramientos clandestinos” del Juzgado Federal Nº 3 de Córdoba. Una segunda etapa se desarrolló en 2009. Fueron recuperados 86 individuos inhumados sin identidad en distintos momentos.

Las sensaciones abruman. La querella de la causa por el femicidio de Cecilia, está en contacto con gente del equipo del EAFF para que luego de la exhumación del cuerpo se pueda constatar su identidad. El lugar se convierte en un depósito de cuerpos judicializados, una forma de operar del sistema de justicia en el fin del ciclo de una causa a la que consideran terminada: el horror vuelve a estar enterrado en San Vicente.

Flores en abril

Detrás de una vida está el dolor de la injusticia, el asumir una posición ética ante la búsqueda de la verdad. Ir detrás implica esa enorme responsabilidad que deja su ausencia. Sin embargo, hay una ética que es colectiva, de quienes se sienten parte de la misma búsqueda, una deuda con todas las que nos faltan.

–Si estás acá, acá estamos –dice Susana, en medio de un círculo de mujeres que la acompaña– son totalmente inhumanos –continúa–. Dan lástima, la basura de persona que son. Ni los animales hacen esto.

Las flores rodean la forma de la tierra. Hacen ahora un contorno diferente. Lavanda, salvia, margaritas, peperina, gerberas. La tierra negra se llena de lilas, rosas, amarillos, naranjas y verdes. Se deja ahí algo del origen de donde viene cada flor. Una amalgama de viajes que se encuentran en un mismo lugar que intenta señalar una identidad. El rostro de Cecilia se multiplica, se convierte en aquella representación simbólica e histórica de la desaparición.

La ausencia es una imagen colorida por unos instantes. Ocupa el vacío que no se detiene. Hay algo que ya no puede ser nombrado, hace rato que las palabras se han desprendido de las cosas, pero la imagen se detiene en ese momento en que la foto congeló una expresión y la hizo para siempre. Entonces, la ausencia se hace copla, rezo, abrazo. Se vuelve vida en el espíritu de quienes la nombran, te nombran, Cecilia Gisela Basaldúa, y por delante se despeja la lucha por la vida de todas las demás vidas.

***

Son las cinco de la tarde del mismo día. La convocatoria ahora es a una marcha en Capilla del Monte, el lugar donde Cecilia apareció sin vida hace seis años. Las nubes se esfumaron durante la tarde y el cielo se abre sobre el Jardín de la Memoria de la Plaza San Martín de la ciudad.

Cuando llegan Susana y Daniel, la ronda ya es un canto de coplas. Las fotos vuelven sobre los cuerpos. “En esta plaza quedó a la deriva”, señala Daniel Basaldúa y describe un relato que ya revivió tantas veces. Los lugares donde su hija quedó abandonada en un contexto de pandemia, la municipalidad que cerró las posibilidades de que permaneciera en un alojamiento seguro: “En esta plaza la capta Viviana Juárez, quizás ande por acá”, dice Daniel, y se refiere a quien la contactó con la última persona que la alojó, Mario Mainardi:  “nosotros sabemos muchas cosas, pero los que tienen que saber son los que deben impartir justicia. Por eso cuando meten preso a Lucas Bustos, dijimos queremos que nos muestren pruebas”. Las múltiples pruebas que dijo tener la fiscal de Cosquín, Paula Kelm, nunca aparecieron y en mayo de 2022 transcurrió un juicio a la medida de la impunidad. La absolución de Bustos y el demorado inicio de una nueva investigación en la Fiscalía de Cruz del Eje, hoy a cargo de la fiscal Sabrina Ardiles.

“Nos enteramos que hace cuatro años y medio el cuerpo de Cecilia está enterrado. Pedíamos la ampliación de la autopsia, porque no confiábamos en la investigación. La enterraron sin decirnos nada. Así se maneja la justicia”, enfatiza Daniel, ya con la voz cansada, con el dolor estrangulado en la garganta.

Los carteles se levantan y un montón de caras se multiplican: son la presencia de una memoria que interpela al Estado, a la ciudadanía, a la justicia y a la policía.  

Otra vez la ciudad emerge en una marcha de pasos y batucadas. La familia de Cecilia es cada vez más grande, dicen. Un eco se alarga por la calle techada. Una acústica perfecta para el repudio. ¿Saben por qué? Porque por estos lados, y en tantos otros, el sur todavía duele. “Ustedes son nuestra fuerza” -dice Susana-, mientras rodeadas de cerros, las calles se imponen, nunca se abandonan.

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